Segunda luna.
Fue un viernes temprano en la noche cuando Komo Te-Kago, aburrido de escuchar Mox, decidió llamar por teléfono a Cobain.
- ¡Aló! Roberto, dónde estai huevón- preguntó, alerta.
- ¡Te-Kago! Tanto tiempo- respondió, entusiasmado.
- ¿Has visto a Delacroix?- fue la pregunta de rigor.
- No he visto a Diego Demme- era la respuesta de siempre.
- Me compré un vodka la otra vez, o sea, con los chikillos cuando fuimos a la playa.
- Ah, mira tú.
- Ya lo tomamos sí.
- Ah y cómo estaba.
- Bueno.
Droga. Droga marxista, trotskista, leninista, droga. Absurda e imperecedera. Droga maldita, droga. Eran las 0600 de la madrugada y nada podía observarse en la oscuridad maligna de la noche. Era indistintamente absurda como akella ocasión nocturna ke, sin hacer ninguna cita, se juntaron los cabros a beber litros de vino tinto y recorrer calles obscuras contando historias de terror al ritmo salvaje de una fogata urbana.
Sobre todo magia. Magia parduzca reglamentaria. Siglos de muerte vana y fulciar; lamentos tristes vistos en el mar. La siempre inútil ceguera extenuante; el diablo ofrece dicha excitante. Navellas muere tortula ocasión, sinlangrinmoso dacura estación.

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