Bastián Buñuel deshacía en congoja sexual sus últimos recuerdos eróticos de aquela relación nefasta y siniestra cargada de olvido y sentimientos de culpabilidad. Necesitaba despertar de algo que no fueran instantes etílicos impregnados de borrachera donde los amigos fugaces (y no tan fugaces) iban y venían cual si fueran olas saladas de alguna playa chilena. Sí, necesitaba viajar. Pero no un viaje físico donde lo único escencial fuera trasladar el cuerpo de un lugar a otro, no. Ni tampoco un viaje estrictamente literario donde sus dedos se dejaran llevar sobre el teclado del computador pensando más en la palabra "teclavo", "te clavo el culo nena-lujuria, oh siii...", no. Era algo un poquito más allá. Sumido en esos pensamientos estaba cuando golpean la puerta del dormitorio. ¡Quién es!

- Hola, soy la nueva vecina, ¿tienes fósforos?

- Sí, pasa.

- Te encuentro meditando.

- Estaba masturbándome pero ya ni de eso tengo ganas.

- Porqué tanto.

- Porque ayer me pateó mi polola.

- Te gustaría hablar de eso, quizá yo pueda ayudarte, soy psicóloga, o sea estudio psicología.

- Genial.

      Qué chucha quería esta mina. Sí, era bonita. Y decía que necesitaba fósforos. Y que estudiaba sicología. Raro. "La nueva vecina". Y aparecer de la nada.

- ¿Qué tienes que hacer esta tarde?- preguntó misteriosa.

- Nada. Comprar fósforos.- respondió Bastián Buñuel.

- Podríamos salir a algún lado. Sólo si puedes, claro.- agregó, atrevida.

- No es mala idea.- contestó Buñuel, prudente.

 

      Acordaron visitar una exposición de pintura surrealista que se realizaba en una galería de arte recientemente construida. La muestra estaba a cargo de una artista mexicana fanática de la obra de Frida Kahlo, según dijo después, y fanática de otra cosa que Bastián por aquel entonces, apenas conocía: la marihuana.

- ¿Y hace cuánto pintas?- preguntó la "nueva vecina" que aún no revelaba su nombre.

- Como trece años llevo pintando cuadros que siempre finalmente terminan ellos pintándome a mi ya que tenemos una relación muy íntima, casi sexual diría yo.

- ¿Siempre son sueños?- preguntó Buñuel sin mucho interés, más bién por preguntar algo.

- Todas mis pinturas son surrealistas excepto una que tengo en mi casa y que es un cuadro mágico...- respondió, misteriosa.

- ¿Porqué tan mágico?- contestó la nueva vecina que ya parece que comenzaba a desconfiar de la pintora.

- Acabando la exposición les mostraré.

      Entre charla y charla acordaron dirigirse a su casa, finalizada la muestra, con la "nueva vecina" que a todo esto se llamaba Lorena, y compartir una botella de vino además de una inesperada sorpresa.

- ¿Y cómo se llama ese "cuadro mágico" que tienes en tu hogar?- preguntó Bastián Buñuel, un poco más intrigado por sus palabras.

- Se llama: "El Horizonte Cannabis".- respondió ésta.

- ¿Y porqué se llama así?- preguntó Lorena cada vez menos interesada en el arte surrealista.

- Ya verán porqué.

      Camino a casa la artista plástica, que se llamaba Natalia, les relató una historia sobre un cuadro de un pintor hindú que, según cuenta le leyenda, al mirarlo (el cuadro) y, al mismo tiempo, fumar un pito de marihuana, produce en el espectador un efecto de abstracción metafísica donde se supone que el paisaje plasmado en la tela "captura" la conciencia o el espíritu del observador y lo "encierra" dentro de la imagen proyectada desde la pintura hacia fuera. "Cosas de la yerba" comentó la pintora al percibir en sus interlocutores un ligero halo de escepticismo.

      Al llegar a su casa esta los invitó a entrar y pudieron apreciar una decoración muy hippie, con muchas plantas y colores por todos lados, además de muebles raros y otros adornos exóticos. Nuestra anfitriona se dirigió al bar y les sirvió una copa de vino chardonay cosecha 1934, y una vez aclimatados a la calidez de su hospitalidad, esta los invitó al estudio donde tenía la pintura.

- A ver Natalia, tu dices que el cuadro del pintor hindú lo tienes guardado aquí en tu casa...- le comentó Buñuel haciéndose el estúpido.

- No exactamente, pimpoyo.- le respondió la artista, simpática.

 

      Al entrar en la pieza pudieron ver, entre sofás, taburetes y trastos viejos; muchas pinturas en sus respectivos caballetes, algunas terminadas y otras no, y una que se destacaba de las otras debido a que estaba cubierta con una sábana blanca.

- Antes de descubrirla debo advertirles que si quieren apreciar en su totalidad la belleza de este cuadro deberán fumar conmigo.- dijo mientras liaba el porro del tamaño de un cigarrillo.

- Me encanta la idea.- contestó Lorena, mostrando su verdadera naturaleza de fumadora cachonda y lasciva.

- Será pues.- respondió Bastián Buñuel todavía esperanzado en tener algo de sexo con alguna de estas dos bellas féminas.

 

      Pegarle unas caladas al porro y descubrir el lienzo fue casi un acto de ilusionismo. La imagen de la pintura mostraba una especie de océano que en vez de olas estaba armónicamente impregnado de plantas de marihuana, de hojas, puntas, cogollos, tallos y flor de cannabis, en un perfecto y perturbador equilibrio de colores que, al variar ligeramente la posición o la distancia del cuerpo, cabeza u ojos que contemplaban la imagen, provocaba una sensación de trasfase onírico que los hacía darse cuenta de que ellos sencillamente nadaban en un mar de marihuana y que esa era precisamente le realidad física del momento. Sin ser una sensación desagradable ellos sabían desde lo más profundo de su alma que ya nunca más podrían salir de ahí o, por lo menos, volver a ser ellos mismos.

                                                                                                                               Salvador Plant

                                                                                                                           Diciembre de 2006.